La escritura tiene sin duda alguna una sabiduría insondable, podemos profundizar acompañados del Espíritu Santo tanto como podamos y al final solo llegaremos a rasgar la superficie.
La explicación que Pablo hace del olivo es exquisita en Romanos 11:17-24. Muestra en el balcón principal de un teatro la obra de salvación, a fin de tener la mejor vista ante ésta gran verdad del Espíritu.
Lo que impacta de entrada es el hecho que todos somos olivos, unos silvestres y otros que voy a llamar de “labranza”. Lo más importante aquí es que al ser todos olivos, todos podemos tener unción, sí, de todas las aceitunas se puede sacar aceite.
¿Cómo es eso que de todos podemos sacar unción?. Hace tiempo pensaba que la unción tenía que ver exclusivamente con esa que el Espíritu Santo entrega a aquellos que aman a Dios para un propósito específico. Pero viendo la escritura puedo comprender que aquel que nos formó del polvo de la tierra nos dotó con todo lo necesario para desarrollarnos en Él. Es cierto que las aceitunas se nutren de la savia que viene de la raíz para desarrollarse, pero estos frutos también deben hacer una parte que sólo les corresponde a ellos.
Por eso todos podemos bendecir y maldecir, por eso todos tenemos conciencia, por eso todos podemos buscar a Dios y tener testimonio de Él a través de las cosas creadas, y finalmente cada quién participará en esta pasantía de existencia que llamamos vida en la tierra según la unción que tengamos con o sin Cristo.
Ahora bien, no todos los aceites que se sacan del olivo son agradables. Para lograr un aceite de oliva extra virgen, debemos cuidar todo el proceso que llamamos labranza de Dios: suelo, clima, pestes, agua, tiempo, selección de frutos, etc. Uno de los factores más apreciados en el “aceite grato”, es la acidez química, así como otros parámetros. Es aquí donde no cualquier aceite (unción) es necesariamente bueno.
Para tener la mejor unción debemos estar pegados del olivo de labranza, así como beber todos los días de la rica savia de Jesucristo, cuidar todos los detalles del proceso al que llamamos hacer la voluntad de Dios y finalmente dejarnos triturar, machacar y exprimir, es decir, morir en Cristo, para poder usar un aceite santo que ministre en el nombre de Jesucristo.
El llamado es a entregarte a aquel que puede injertarte “juntamente con” las ramas naturales al olivo, a esto lo llamamos adopción en el amado. Dice la escritura Efesios 1:5: «en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,».
Quiero cerrar esta enseñanza advirtiendo del olor extraño que se genera cuando una unción sin Cristo es quemada. La escritura muestra claros ejemplos del desagrado que produce en Dios esta práctica.