Seguramente hemos escuchado de muchos nutricionistas esta expresión: «Somos lo que comemos». Esto se dice con la finalidad de hacer entrar en razón a las personas tratadas, nutricionalmente hablando, y que se pueda crear conciencia y responsabilidad de sus actos al ingerir alimentos y saber que las consecuencias son resultado de sus decisiones.
No es nada descabellado pensar que con nuestro hombre interior ocurre lo mismo. Nuestra vida espiritual exterioriza lo que comúnmente consumimos para alimentar nuestra alma y las evidencias se tienen que hacer notar. Esta es la gloria que Cristo manifestó cuando Juan afirma: «El verbo se hizo carne, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre» Juan 1:14. Pero que más podemos esperar de una persona que cree, afirma y pone en práctica, el hecho de que: «no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios», Mateo 4:4.
Jesús se dirigió a sus oyentes, y les dijo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él», Juan 6:56. De modo que comer de Jesús, comer del verbo que fue encarnado y comer de la palabra que sale de la boca de Dios, es la necesidad de todo aquel que anhela manifestar los gloriosos propósitos de Cristo en su vida.
Es esto solo para algún sector de la población, no, todos manifestamos lo que esencialmente somos, y esto último es definido por aquello con lo que alimentamos nuestra alma. El sistema del mundo está bombardeando a los hombres con pensamientos de enfermedad, muerte, violencia, caos, inmoralidad, deslealtad, desesperanza, y muchos más. Y toda esa basura la recibimos, en mayor o menor grado, por medio de las redes sociales, medios de comunicación, familiares, «amigos y hermanos de la fe», que hablan malestar y crisis pues eso es lo que normalmente ingieren. TU NO ERES BASURERO DE NADIE, no tienes por qué recibir la basura que otro quiere depositar en ti al manifestar su malestar. Tu puedes decidir recibirla o no. Antes, puedes manifestar y magnificar la gloria de Cristo, al ser lleno de su palabra, de tal manera que en tu boca sobreabunde el consejo Divino. Esto redundará en bienestar para ti y sanidad para todo tu entorno, incluso para quienes te oigan y coman del fruto de tu boca.
«Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado», Isaias 26:3