de Principio a Fin

Respuestas que transformarán nuestra visión del presente y nuestro papel en el plan divino.

     Amados, ¡gracia y paz sea siempre con ustedes!.

Hoy vamos a desentrañar un misterio glorioso, un hilo que une el principio y el fin de la historia redentora: El Edén y la Nueva Jerusalén. ¿Quieres encontrar respuestas?, si lees este contenido, seguro las encontrarás, porque entender esto transformará nuestra visión del presente y nuestro papel en el plan divino.

Génesis 1 y 2 nos presentan un Edén hermoso, un huerto plantado por el mismo Dios. Un lugar de intimidad perfecta entre el Creador y su creación, donde Adán y Eva caminaban en comunión con Él. Era un modelo, una semilla divina sembrada con el potencial de llenar toda la tierra. “El Edén no era un mero jardín, sino el modelo a seguir para toda la creación”. Ese fue el plan, y nunca cambió.

Pero, ¿qué vemos en Génesis 3? La serpiente, la rebelión, la caída. El pecado irrumpe y fractura esa armonía. El huerto se cierra y el hombre es expulsado. Pareciera que el plan de Dios se desmorona. ¡Pero no! El Edén no era el destino final, sino el comienzo de un viaje hacia algo mucho más grande. “El Edén perdido no es el fin de la historia, sino el inicio de una redención que abarca toda la creación”. Eso hace la gracia, dónde interviene, todas las cosas se vuelven mayores.

El Misterio de la Gracia en medio de la Caída

En ese momento de oscuridad, vislumbramos la gracia divina. Noten que, a pesar de la desobediencia, Dios no abandona a Adán y Eva. Él promete un Redentor (Génesis 3:15), viste su desnudez (Génesis 3:21), y les da esperanza en medio del exilio. Aquí vemos el corazón de Dios, un corazón que busca restaurar lo perdido y llevar su plan a la plenitud. “La gracia no niega la caída, sino que la transforma en el trampolín para una redención aún mayor”.

El Edén Restaurado: La Nueva Jerusalén

“Que la nueva Jerusalén baje del cielo, no significa que los hombres justos suben al cielo para luego bajar en un ciudad santa. Que baje del cielo nos recuerda que la obra es de Dios y su Cristo, no nuestra”.

Avancemos ahora hasta el libro de Apocalipsis. ¿Qué encontramos? Una ciudad gloriosa, la Nueva Jerusalén, descendiendo del cielo (Apocalipsis 21). Juan nos describe un lugar donde ya no hay llanto, ni dolor, ni muerte (Apocalipsis 21:4). Un lugar donde Dios mismo enjugará toda lágrima. ¿Les suena familiar? ¡Es el Edén restaurado y magnificado! ”La Nueva Jerusalén es el Edén elevado a su máxima expresión, la promesa de Génesis cumplida en toda su plenitud, el plan de Dios ejecutado a la perfección”.

Pero hay más. En Apocalipsis 21:24, leemos que “las naciones caminarán a la luz de la ciudad, y los reyes de la tierra traerán su gloria a ella”. ¡Los reyes! ¡Nosotros! Apocalipsis 5:10 nos dice que Cristo nos ha hecho “reyes y sacerdotes para nuestro Dios, y reinaremos sobre la tierra”. Hermanos, no somos meros espectadores, sino participantes activos en este plan divino.

El Llamado a la Acción: Llenar la Tierra con Su Gloria

Nuestro llamado hoy es entender que somos parte de este puente entre el Edén y la Nueva Jerusalén. Que nuestra misión es llevar la luz de Cristo a cada rincón de la tierra, transformando culturas, impactando naciones y estableciendo el Reino de Dios aquí y ahora como real sacerdocio.

¿Cómo? Viviendo como reyes y sacerdotes

Como reyes: Ejerciendo dominio propio, gobernando nuestras vidas con justicia y verdad, influyendo en nuestra esfera de influencia con los valores del Reino, pero sobretodo sirviendo al prójimo. “Reinar es dominar, sirviendo con la autoridad que Cristo nos ha dado”.

Como sacerdotes: Intercediendo por los demás, proclamando el evangelio, ministrando sanidad y liberación, siendo embajadores del amor de Dios en un mundo herido, pero sobretodo haciendo y siendo el sacrificio como lo hace un sacerdote bajo la orden de Melquisedec. ”En el nuevo pacto, ser sacerdote no es oficiar en el templo, sino llevar el templo a las calles”.

El llamado no es a escapar del mundo, sino a transformarlo. A llenar la tierra con la gloria de Dios, así como las aguas cubren el mar (Habacuc 2:14). A vivir de tal manera que anticipemos la Nueva Jerusalén en cada acción, en cada palabra, en cada pensamiento.

La Gracia como Motor de Transformación

Pero, ¿cómo lograr esto? No por nuestra fuerza, sino por la gracia de Dios. Recuerdemos la historia de Jonás. Él huyó de su llamado, pero Dios lo persiguió con misericordia. Él se resistió a la gracia, pero Dios lo confrontó con su amor. Al final, Jonás entendió que la salvación y la justicia vienen de Jehová (Jonás 2:9) y obedeció el mandato divino.

Así también nosotros, a veces huimos, nos resistimos, fallamos. Pero la gracia de Dios nos alcanza, nos perdona, nos restaura y nos impulsa a seguir adelante. Es la comprensión profunda de la gracia lo que nos da el poder para vivir como reyes y sacerdotes, para transformar nuestro mundo. “La gracia no es una licencia para pecar, sino el combustible para una vida de servicio y obediencia”.

Hermanos, el Edén y la Nueva Jerusalén no son solo lugares en el tiempo, son la misma visión que le da vida al propósito divino.

Que el Espíritu Santo nos llene de poder, sabiduría y amor para cumplir este llamado. ¡Que vivamos como reyes y sacerdotes, llenando la tierra con la gloria de Dios, porque es necesario que Él Reine hasta que todos sus enemigos estén debajo de sus pies! ¡Amén!.

 

 

 

 

 

 

 

 

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