¡Plantío de Jehová!

El Padre hizo su parte, el Hijo hizo su parte, nos corresponde a nosotros de la mano con el Espíritu hacer la nuestra.


     Hermanos, hoy me dirijo a ustedes como ministro del Señor, como un obrero espiritual del ejército de los cielos, para presentarles en perspectiva el propósito divino de la Iglesia del Señor que trasciende lo terrenal y que se fundamenta en el poder divino del Reino de los Cielos.

El reino de los cielos retomó el derecho legal para regir la tierra y extenderse hasta lo último de ella desde que Cristo inició su vida pública. Este no es un concepto abstracto, sino una realidad tangible que debemos reconocer y acatar. Es nuestro deber como creyentes en Cristo, y como ciudadanos del Reino de Dios, promover y defender la soberanía divina en todas las esferas de influencia del hombre en el mundo.

El reino de los cielos no es una utopía lejana, es una presencia activa que busca transformar nuestra realidad terrenal.

La enseñanza de un Cristo que va a reinar la tierra cuando venga por segunda vez en una séptima dispensación llamada reino, es una mala interpretación de las escrituras que lo único que ha logrado es hacer que la iglesia se repliegue ante la descomposición ética y moral de las sociedades.

El papel de la iglesia como esposa legal de Cristo es ejercer su representación como la luz del mundo y como sal de la tierra, para guiar a todas las naciones en su camino moral, espiritual y de justicia, esto es política del reino. La iglesia no puede ser una mera observadora en la sociedad, sino que debe ser una agente activa de cambio. Debemos ser luz en medio de las tinieblas, llevando esperanza, amor y justicia a aquellos que están en necesidad y pobreza espiritual. Debemos ser sal que sazona, que preserva la moral y los valores espirituales en un mundo cada vez más secularizado y materialista.

La iglesia está llamada a hacer justicia y ejercer juicio con esfuerzo y valentía, para extender el dominio del Reino de Dios, venciendo a todos los enemigos de la fe, hasta que nuestro Señor venga en su segunda venida a pedirnos cuentas.

No podemos ser pasivos frente a la injusticia, la opresión y la corrupción. Debemos levantarnos en oración y amor, con valentía y determinación para ministrar justicia y equidad a todos los seres humanos que podamos influenciar, especialmente aquellos que tienen hambre y sed de la justicia de Dios. Debemos ser voz de los sin voz y defensores del modelo de la familia, que es uno de los principios fundamentales del reino de los cielos.

Hermanos, este no es un llamado a la confrontación o a la imposición de creencias religiosas, sino a entender que el mundo depende de la iglesia para su restauración y reconstrucción como un lugar más justo, más equitativo y más espiritual.

Nuestro compromiso con el Reino de Dios no nos aleja de la realidad terrenal, al contrario, nos impulsa a transformar esa realidad con amor, dedicación y fe. Debemos trabajar por un mundo donde se respete la dignidad humana, donde se promueva la justicia, no según el entendimiento del hombre, sino como lo expresa Dios en su voluntad.

Es hora de dejar de lado nuestras diferencias y unirnos en un propósito común, el de ser portadores del Reino de Dios en la tierra. No importa nuestra denominación o tradición religiosa, todos somos llamados a trabajar juntos por el bien común, bajo la guía, autoridad y poder del Espíritu Santo.

No podemos permitir que la indiferencia y la apatía dominen nuestra sociedad, debemos levantarnos con valentía y convicción para ser agentes de cambio y transformación.

El Reino de Dios descendió sobre la tierra, nuestro propósito es convertirnos en plantío de Jehová, esos árboles de justicia que dan fruto que alimenta a las naciones y cuyas hojas sanan a los enfermos del corazón.

En conclusión hermanos, el reino de Dios en la tierra es nuestro patrimonio y nuestra responsabilidad. No podemos quedarnos pasivos frente a los desafíos de nuestro tiempo, debemos levantarnos con valentía y determinación para ser instrumentos de la justicia y el amor de Dios en el mundo. No prometo que será fácil, pero sí que será digno y glorioso. ¡Que así sea!.

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