¿Cuántos de nosotros teniendo un padre natural, fuimos creciendo como si no lo tuviéramos?, ¿cuántos de nosotros teniendo un padre natural, no aprendimos a tener una relación con él?.
Independientemente de las causas, sea abandono, fallecimiento o simplemente exceso de trabajo, un padre se ausentó y un hijo teniendo padre creció como huérfano en su casa.
De muchas maneras se nos ha castrado la capacidad de relacionarnos con nuestro padre natural. Pocos han tenido la fortuna de tener una relación sana con su padre. Esto es proporcional a la dificultad de acceder a un Padre Espiritual que no vemos, que se revela a nuestras vidas por un invento para atrapar ingenuos llamado “fe”; éstas serían las palabras de un incrédulo.
Parece increíble que el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo nunca disfrutó de un cabrito del papá.
Lc 15:29: «mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, «no habiéndote desobedecido» jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.»
Que padre tan ogro, que padre tan injusto, que premia la corrupción y se desentiende de la obediencia.
La obediencia abre la puerta del favor divino, pero está afirmación tiene una arista que hace percolar esta verdad y debilitando la bendición. La escritura nos advierte de forma categórica que podemos llegar a salvar el mundo, pero si esto lo hacemos sin amor, entonces de nada vale.
El efecto de obedecer por amor es muy distinto del que se obtiene por obedecer sin el.
La obediencia activa leyes espirituales, eso es una verdad, pero la parábola no enseña que se puede llegar a obedecer sin disfrutar de los beneficios de esa obediencia por hacerlo con mala intención en el corazón. Esto lo vemos también con el dar, no es dar por dar, es hacerlo alegremente.
Es sumamente triste estar huérfano en la casa de Papá, y lamentablemente ésta es la condición de muchos en las congregaciones de hoy en día.
Sal 68:5: “Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada.”
Jehová nuestro hacedor sale al frente para decirnos que Él es Padre de huérfanos. Nos ha dado su Santo Espíritu para reestablecer la relación de paternidad que hemos perdido.
En mi tierra hay un dicho que dice: “el que anda con cojos, al año cojea”, ó, “dime con quien andas y te diré quién eres”. Está sabiduría urbana concentra una gran verdad espiritual.
La verdad de Cristo como el Hijo, es la única que puede reestablecer nuestra imagen de hijo de Dios. Si caminas con Cristo día y noche, escudriñando su palabra, aprendiendo y viviendo sus enseñanzas, entonces llegarás a parecerte a Él, al punto de llegar a su estatura como varón perfecto.
El espíritu de orfandad debe ser excluido de nuestras vidas, para poder dar la bienvenida al espíritu de adopción por el cual podemos llamar a Dios como Papá.
Camina con tu amigo Jesucristo, hasta hacerte de sus íntimos; cuando menos te lo esperes, habrás entrado en el Reino, estarás operando con poder en el y teniendo acceso a todas las riquezas espirituales que nos han sido anunciadas en las escrituras.
Pedro y Juan estaban en la puerta la hermosa y le dijeron al cojo: Hch 3:6: «…no tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.»
¿Qué tenía Pedro?, tenía acceso a las riquezas del Reino, tenía la virtud del que lo llamo de las tinieblas a la luz admirable, tenía las riquezas de un Reino inconmovible esperando ser usadas para hacer Justicia, Pedro estaba haciendo uso de su herencia como hijo para que su Padre se glorificará.
El huérfano ya no será más huérfano, ahora será llamado hijo de Dios…