¿Cuántos de nosotros podemos decir que vivimos en orden?, ¿cuántos de nosotros podemos ser verdaderamente sinceros respondiendo a esa pregunta?
De niños jugábamos con las piezas de dominó de nuestros padres, no lo usábamos con las reglas de ese juego, las cambiamos para colocarlos en fila, es decir, uno tras otro, hacíamos caer el primero y luego todos los demás caían como una cascada horizontal.
Al parecer, en el fondo de nuestra mente está un programa llamado “orden”, colocado previamente por nuestro creador, como si fuera algo instintivo entendemos el orden como algo natural, bueno, eso eramos de niños.
La cabeza dirige, pero sin el cuerpo la cabeza no es nada. El río corre hasta su desembocadura para pertenecer a algo más grande llamado mar, pero si el río desembocara en un lago sin salida, entonces sus aguas estarían destinadas a morir. Para que un pájaro vuelve primero debe hacer batir sus alas. Sin el uno, el dos no tendría fundamento y mucho menos lo tendría el tres. Para poder tener hijos primero debemos ser hijos.
Cuando no hay orden, las cosas no pueden operar naturalmente. Para que una nación pequeña gane en batalla a un imperio poderoso, tiene necesariamente que estar en orden. Ésta fue la Judá del capítulo 32 de 2Cr, una nación pequeña que se preparó para pelear con el poderoso imperio de Asiria.
Los capítulos 30 y 31 de 2Cr narran como Judá llegó a ordenarse. Nosotros como buenos Cristianos decimos constantemente: “somos más que vencedores”, “si Dios conmigo quién contra mi”, “resistid al diablo y el huirá”, “mi casa y yo serviremos a Jehová”; todas son frases poderosas y llenas de la verdad de un Reino establecido que las ampara; aún sí, todas estas premisas están sujetas a un orden, todas estas frases serían poco eficaces en su capacidad de operar sin un orden previo.
Hay que volverse a Jehová, hay que someterse primeramente a su voluntad, buena parte de las cosas negativas que nos pasan es porque violentamos sistemáticamente los principios del orden.
Orden divino pasa por tres estampas fundamentales: 1) Dios habla, 2) los hijos obedecen (ordenan), y 3) Dios hace. Este “Dios hace” no es por gracia, por compasión o por misericordia. Este «Dios hace» es el favor ganado por la obediencia de poner las cosas en orden y está condición tiene un peso espiritual mayor. Tan mayor es que ni tus enemigos podrán tocarte, ni las aflicciones derrotarte.
Judá destruyó los altares de Dioses ajenos, retomaron los servicios a Jehová, trajeron primicias y ofrendas a la casa de Dios, y reconstruyeron las partes de los muros de la ciudad que estaban dañados. En otras palabras, pusieron las cosas en orden volviéndose a Jehová. Al llegar el rey de Asiria el pueblo de Judá está apercibido y lleno de confianza (Fe), trabajaron como uno y Dios salió delante de ellos destruyendo el ejercicio invasor y mandando al rey de Asiria a su tierra para ser muerto por sus propios hijos.
¿Puede haber orden en el desorden?, por supuesto que no, entonces que nuestro testimonio hable de esta verdad, seamos cónsonos a nosotros mismos y retomemos a ese niño que sabía cómo jugar con los Dominos.