Lc 15:28-31: “Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, «no habiéndote desobedecido» jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.”
Estar ciegos es no poder ver lo que tenemos, lo que nos rodea, por eso es tan necesaria la fe para agradar a Dios.
Cuando leo este pasaje de la escritura me embarga una gran tristeza, porque Jesús nos muestra los dos tipos de cegueras que padecemos los hombres. Una es la del hijo que se fue a vivir en el mundo, despreciando la compañía del Padre y sus beneficios, nunca lo conoció, por eso no le costó irse y despilfarrar los dones que recibió, y además, cuando volvió en sí, busco saciar su hambre, su interés, sus necesidades, no volvió por el Padre realmente.
El otro tipo de ceguera es más preocupante. Es más terrible, es como estar en la casa del Padre pero sin tener una amistad con Él, sin tener intimidad con Él. Increíble que aún estando en el mismo techo este hijo tampoco conoció a su Padre y no llegó a comprender las maravillas que estaban sujetas a él. Que ironía, estar viviendo con Él y no conocerlo, ¿te suena familiar?.
Este hijo que se quedó con el Padre es la Iglesia de hoy, una Iglesia que no ha entendido la gracia y el poder que tiene, que solo puede llegar a decir la primera mitad de: “de oídas te había oído“.
La otra parte de la frase esta distante, incomprendida, pereciera como un sueño inmerecido y somos nosotros los que primeramente nos ponemos tropiezo, y aún más tristemente hacemos tropezar a los demás.
Si llegamos a decir: “pero ahora mis ojos te ven”, es porque fueron abiertos nuestros ojos a ésta perversa ceguera de las mentiras del mundo, sus religiones (me refiero a TODAS las religiones) y vientos de doctrinas. Es porque pudimos entender que se trata de la restitución de un reino en el cual nosotros tenemos que asumir nuestro papel, es decir, hacer realidad el: “venga a nosotros tu reino”.
Vivir en el reino es caminar sobre el mar embravecido, es multiplicar la comida, es sanar a los enfermos, es liberar a los oprimidos de corazón, es sacar fuera a los demonios, es llevar a luz a donde quiera que vayamos y mucho más. Es una vida de gloria en gloria y de victoria en victoria.
Debemos renunciar a las cosas que se nos han enseñado, a las tradiciones y esquemas religiosos, a la vanidad del ministro “ungido”, y con mansedumbre y humildad recibir como odres renovados el verdadero y único evangelio del Reino, conocer la intimidad de Dios menguando primero nosotros y luego creciendo en Él.
Dios se glorifique en tu vida en este día, busquemos la puerta estrecha y vayamos juntos por el camino angosto, Amén.