Gn 2:19: “Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las, había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre”.
Asignar un nombre es una tarea sumamente delicada, fue el mismo Dios quien le entregó ésta responsabilidad al hombre que había creado.
Cuando asignas un nombre estás asignado significado, propósito y espíritu que influirá en el destino de aquello que recibió nombre.
Quiero dejar claro que no estoy hablando de palabras homónimas, es decir, aquellas que se escriben igual pero tienen distintos significados. Por ejemplo: vela, que es el objeto que se usa para alumbrar y que también puede ser la parte del barco que se usa para navegar. Habló de palabras a las que se les cambió su significado original, por intereses y maquinaciones egoístas provocadas por el hombre y satanás.
Hablar es profesar, es en parte profetizar, 1Co 13:9 dice: «Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos;». Es natural en el hombre hablar anticipadamente, y cada vez que decimos cosas estamos haciendo declaraciones que tendrán impacto espiritual de cara en el presente y al futuro.
Esto es una tragedia que nos ha sobrevenido hasta nuestros días. Mientras no rescatemos el nombre de Iglesia con el espíritu correcto, no vamos a cumplir el propósito y destino de esa palabra, que es el de establecer el gobierno de Jesucristo en la tierra , la Iglesia es la forma como Jesucristo estableció el gobierno del hombre que vive en Él, para que el Reino de los Cielos sea manifestado en esta tierra.
Toda esta introducción es para llegar al nombre que nos da Jesucristo cuando nos entregamos a Él como nuestro Señor y Salvador:
Jn 1:12: “12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;”
1Jn 3:1: “1 Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él.”