A lo largo de la historia, los imperios han surgido y caído bajo el ritmo implacable de la ambición humana. Sin embargo, existe un punto de inflexión que divide la trayectoria de estos grandes poderes: la aparición del cristianismo. Mientras que los reinos e imperios anteriores a Roma como el egipcio, el asirio, el babilónico o el persa se basaron en cosmovisiones politeístas y en la fuerza militar para legitimar su dominio, los imperios posteriores al Romano enfrentaron un desafío único: el “imperio de Cristo”, un reino espiritual que, según las Escrituras, “nunca será destruido” (Daniel 2:44). ¿Cómo el “Cristianismo” trascendió su dimensión religiosa para convertirse en un movimiento político y cultural que redefinió el ejercicio del poder en Occidente y más allá?.
Antes de Roma, los imperios se construyeron sobre pilares terrenales: conquista militar, economía esclavista y rituales religiosos que exaltaban a gobernantes como dioses o intermediarios divinos. En Egipto, los faraones encarnaban a Amón Ra; en Persia, los reyes actuaban bajo el mandato de Ahura Mazda; en Babilonia, Nabucodonosor erigió estatuas de oro para su propia glorificación. Estos sistemas carecían de una oposición espiritual unificadora: sus enemigos eran otros reinos, revueltas internas o la decadencia natural. La religión, aunque central, servía como herramienta de cohesión social, no como una fuerza externa capaz de cuestionar su legitimidad desde un plano trascendental.
El Imperio Romano marcó el cruce entre dos eras. Inicialmente, siguió el modelo anterior: emperadores divinizados, panteones sincréticos y persecución de cultos disidentes. Sin embargo, la crucifixión de Jesús y la posterior expansión del cristianismo introdujeron una variable inédita: un “Reino que no es de este mundo” había llegado a la tierra (Juan 18:36), y que desafiaba la autoridad absoluta del César. Las persecuciones como las de Nerón o Diocleciano revelaron la tensión entre el poder terrenal y una fe que proclamaba lealtad por amor a un Señor superior.
La conversión de Constantino en el siglo IV no fue solo un acto religioso, sino un movimiento político. Al adoptar el cristianismo como religión imperial, Roma intentó controlar la fuerza unificadora del Cristianismo, pero terminó siendo transformada por ella. La Iglesia, ahora “aliada” al trono, se convirtió en custodio de la moral, la educación y hasta la legitimidad de los gobernantes. El título de “Pontifex Maximus” migró de los emperadores a los papas, simbolizando que la divinidad ya no estaría asociada a los monarcas, sino a hombres cercanos a Dios.
Tras la caída de Roma en Occidente (476 d.C.), ningún imperio pudo ignorar al cristianismo. Los reinos bárbaros se convirtieron para ganar legitimidad (como Clodoveo en Francia); Carlomagno fue coronado “Emperador de los Romanos” por el Papa en el año 800, fusionando espada y cruz. El Imperio Bizantino hizo del cristianismo ortodoxo el alma de su identidad.
En la Edad Media, la Iglesia Católica emergió como un “superpoder” transnacional, arbitrando entre reyes, excomulgando monarcas y lanzando Cruzadas. La Reforma Protestante del siglo XVI fracturó esta hegemonía, pero no eliminó la influencia política del cristianismo: naciones como Inglaterra o Suecia usaron iglesias nacionales para consolidar su poder, y España justificó su imperio global como misión evangelizadora.
Incluso en la era presente, el cristianismo siguió moldeando estructuras políticas. Estados Unidos, fundado por protestantes, integró símbolos cristianos en su identidad nacional; las potencias europeas usaron el “mandato civilizador” cristiano para colonizar África y Asia. En el siglo XX, figuras como Martin Luther King Jr. O el papa Juan Pablo II demostraron que la fe podía impulsar revoluciones sociales y derrocar ideologías como el comunismo y el racismo.
Las palabras de los profetas hebreos sobre un “reino eterno” (Daniel 7:14) encontraron eco en poder el extraterrenal del cristianismo. A diferencia de los dioses de Egipto o Roma, Cristo no fue un accesorio del poder, sino un modelo de perfección digno de seguir. Los imperios posteriores al Romano ya sea el Sacro Imperio, el Británico o el mismo proyecto europeo han tenido que negociar con esta herencia, ya sea adoptándola, reformándola o rebelándose contra ella. En este sentido, el cristianismo no debería verse como una simple religión, sino como el movimiento político subyacente más duradero de la historia, una fuerza que, desde las catacumbas hasta las capitales globales, ha demostrado que las ideas, cuando se arraigan en lo trascendente, pueden superar incluso a los ejércitos más poderosos. Así, las Escrituras se cumplen: “La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo” (Salmo 118:22).
¿Qué es el mundo árabe y su Islam, sino las ideas deformadas del Cristianismo?. Su Corán es sumamente revelador, el Surah Maryam (19:19-21), habla sobre cómo el ángel anunció a María, que tendría un hijo milagroso por decreto divino sin intervención de un hombre. ¿Ves lo poderoso de ésto? Ni el mismo Mahoma tiene tal distinción.
El verdadero y único orden mundial fue establecido por Cristo cuando nació como Rey en un pesebre de Belén. Cualquier otro orden mundial que el hombre intente hacer con su mente retorcida será una vulgar copia, y jamás podrá vencer el máximo orden de Cristo en la tierra, porque su Reino Milenial llegó para quedarse siempre.
Escucha y escudriña:
El Reino Milenial está vigente y operando entre nosotros
Las bodas del cordero están a disposición de todo aquel ha nacido de nuevo
Te han enseñado mal: La gran tribulación «futura», el rapto de la iglesia, las calles de oro y el mar de cristal, así como otras doctrinas HUMANAS, son el resultado de malas interpretaciones que nos desvian del propósito divino y de nuestra responsabilidad como los reyes y sacerdotes de éste tiempo.
Iglesia, levántate y resplandece. ¡Amén!.