El Misterio de Cristo

Únicamente para los que buscan levantarse y resplandecer...

Los misterios de Dios a veces están al alcance de un resplandor, únicamente debemos fijarnos dónde está  la claridad.

     Había una ciudad antigua que estaba dividida en dos partes: una parte alta, donde vivían los sabios y los ancianos, y una parte baja, donde vivía el pueblo común. En la parte alta, había una gran lámpara que nunca se apagaba, y su luz directa iluminaba todo el lugar. Sin embargo, en la parte baja, la gente no podía ver la lámpara directamente, pero su resplandor llegaba a través de espejos y ventanas, iluminando sus hogares y calles.

Un día, un joven de la parte baja preguntó a uno de los sabios: “¿Cómo puedo llegar a la parte alta para ver la luz directa?” El sabio respondió: “No necesitas subir para ver la luz directa, porque su resplandor ya está aquí contigo. Cada vez que permites que esa luz ilumine tu vida, te transforma y te une a los que ya están en la parte alta. La luz no es solo para un lugar o un momento futuro; es para ti, ahora, donde estás”.

El joven entendió que la luz no era algo lejano, sino algo que ya estaba obrando en su vida, uniéndolo a los que habían vivido antes que él y a los que vivirían después.

Amados hermanos, el apóstol Pablo nos habla del misterio de Cristo, que es reunir en Él todas las cosas, las que están en los cielos y las que están en la tierra (Efesios 1:10). Este misterio de Cristo no fue solo un evento futuro para los que vivían en Éfeso en ese tiempo, sino que ellos vieron el cumplimiento de esa palabra en tiempos angustiosos. Y por gracia de Dios, esa palabra resplandece y se cumple en la vida de cada creyente cuando Cristo toma el control y se convierte en nuestro Señor. Es un misterio que comenzó con su muerte y resurrección y continúa hoy en nosotros.

En 1 Tesalonicenses 4:17, Pablo les habla a los cristianos de tesalónica, anunciando que el arrebatamiento en Cristo será en un futuro próximo en sus vidas, donde los que viven y los que han muerto serán reunidos en el misterio de Cristo. Esa es la luz directa de esta palabra, y que a nosotros llega como resplandor, pero no como un evento futuro, sino como una realidad espiritual que ha estado ocurriendo. Cuando Cristo se revela a un hombre y este lo recibe como Señor, llegando a ser de los escogidos, es “arrebatado” de su vieja vida y llevado a una nueva vida en Cristo, física y espiritualmente. En el momento cumbre de la historia, cuando Jerusalén y su templo fueron destruidos en el año 70 d.C., se cumplió una parte profética de este misterio: los que habían muerto y los que vivían según su justicia en ese tiempo, fueron reunidos en Él, en multitudes y en espíritu, eso es lo que significa en las nubes, en el aire. Sus cuerpos físicos representaban la nueva vida obtenida en Cristo, porque a los que están en Él, les son hechas nuevas todas las cosas.

En Colosenses 3:1-3, se nos dice que hemos sido resucitados con Cristo y que nuestra vida está escondida con Él en Dios. Esto no es algo que esperamos para el futuro, sino una realidad presente. Cada vez que un hombre permite que Cristo sea el Señor de su vida, es “arrebatado” de las cosas terrenales, para servir con su cuerpo físico al Reino de los Cielos como rey y sacerdote, que cumple toda justicia aquí en la tierra.

En Efesios 2:6, se nos recuerda que hemos sido resucitados juntamente con Cristo y sentados en los lugares celestiales. Esto no es algo que veremos físicamente, sino una verdad espiritual que vivimos hoy. Y en 2 Corintios 5:17, se nos dice que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas. Este es el arrebatamiento que ocurre en cada creyente cuando Cristo toma el control.

Hermanos, no debemos ver el arrebatamiento de 1 Tesalonisences como un evento futuro, sino como el proceso espiritual que se cumple en nosotros cuando Cristo nos rescata de nuestra vieja vida y nos lleva a la luz de su verdad. Así como el resplandor de la lámpara iluminaba la ciudad baja, el resplandor de Cristo nos ilumina hoy, uniéndonos a los que han vivido antes que nosotros y a los que vivirán después.

El fin de Jerusalén y su templo marcó el cumplimiento de una era y el inicio de una nueva, donde el templo de Dios ya no es un edificio físico, sino nosotros mismos, como nos dice 1 Corintios 3:16: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”.

Así que, amados, vivamos en el resplandor de Cristo, permitiendo que su luz nos transforme y nos una a Él y a todos los que han sido reconciliados con el Padre. No esperemos un evento futuro; vivamos la realidad espiritual del arrebatamiento hoy, permitiendo que Cristo sea nuestro Señor en todo momento.

Seguro estoy que todo este contenido debe estar haciendo corto circuito en tu mente, pero date cuenta, esto te hace más responsable de la nueva vida arrebatada que tienes hoy en Cristo.

Si estás en Cristo, entonces fuiste arrebatado por Él.

¡Vive como arrebatado!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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