Hoy, luego de varias meditaciones, vengo ante ti, para exponer un enfoque crítico a la hora de pesar la palabra de Dios escrita.
El texto sagrado, esas escrituras que han sido tema de tanto debate, que han causado la persecución y muerte de muchos a lo largo de la historia, pero que también han traído dicha y prosperidad en medio de terribles aflicciones, es hoy en día, la prueba más real que nos confirma la existencia de un Dios, cuyo plan divino está más vigente que nunca.
Es muy pertinente, tanto para doctos como indoctos, enmarcar ciertos fundamentos que nos ayudarán a ver correctamente, lo que el Espíritu de Dios colocó en la mente y el corazón, de los hombres que dejaron plasmados con sus letras, los propósitos divinos.
Hablar si la escritura debe entenderse de manera literal, por símbolos o por mezcla de ellos, no nos ayuda a reconocer lo importante, que es hallar el significado correcto de lo que la palabra nos quiere revelar.
¿Qué debemos ver cuando apocalipsis habla de un dragón y de una bestia de varias cabezas que persiguen a una mujer en cinta, dispuesta, y vestida de sol en el desierto?
Una persona que está acostumbrada a ver la escritura de forma literal, debe hacerse de inmediato las siguientes preguntas:
¿Cómo se viste una mujer de sol sin morir quemada en el intento?, ¿el sol se puede mover a la tierra sin destruirla?, ¿dónde estarán escondidos el dragón y la bestia de varias cabezas?. Si la biblia habla de estas criaturas, entonces, ¿es posible que la mitología griega con sus cíclopes, minotauros, y ninfas, también hayan sido reales?.
¿Qué será más importante en un juego de fútbol?. Inmediatamente pensamos en los jugadores, otros verán la pelota, y otros pocos, dirán el terreno de juego. Al final, si falta alguno de estos tres elementos, no se puede jugar, en consecuencia, todos tienen alta importancia. De igual forma pasa con el propósito divino, en este caso la tierra es la cancha, los jugadores somos los hombres y la pelota es la voluntad de Dios. Sin estos tres elementos, no tendría sentido la vida en la creación.
Cuando logramos redimensionar en su justa medida la importancia de la tierra, vamos a entender que fue aquí donde nos plantó Dios, y será aquí donde nos toca cumplir nuestro propósito y nuestro destino.
Debemos ser coherentes con esta verdad contextual, la escritura es coherente con esta verdad, y las doctrinas que enseñamos deben también ser coherentes con esa verdad.
Toda enseñanza que habla sobre la salida del hombre de la tierra, es contraria al propósito y a la voluntad de Dios. Nosotros, en Cristo, estamos sentados juntamente con Él en los lugares celestiales, y no tuvimos que abandonar la tierra para lograrlo. La dimensión espiritual trasciende a nuestros límites naturales en formas que no alcanzamos a ver, a menos que al Espíritu le plazca mostrarlas.
Cristo representa el cumplimiento y la restauración de todas las cosas, Él es el Edén y el árbol de la vida, en Él, las espadas flameantes que impedían nuestro acceso, fueron quitadas, a fin de poder continuar el trabajo de Adán, que no es otro que multiplicar, fructificar, llenar, sojuzgar y señorear la tierra.
Toda la palabra escrita, fue edificada sobre el fundamento del Génesis. Allí está la senda, la raíz que nos ayuda a darnos cuenta de algún desvío en la justicia.
Si la escritura se nos presenta de forma literal o simbólica, queda de parte de nosotros mantener intacta la justicia del Génesis y la tarea que Dios depositó en el hombre.
Cuando descontextualizamos la escritura, hacemos importantes a los espectadores en un partido de fútbol, cuando la realidad es que se puede jugar futbol sin ellos. Lo triste de esta analogía, es que muchos no entienden que fueron llamados a ser jugadores y se conforman con ser simples espectadores. Solamente los jugadores tocan el balón, solamente los jugadores son justos, solamente los jugadores siendo fieles en lo poco serán colocados en lo mucho.