¿Qué distingue al propio del extraño?, ¿qué hace que una persona pase de una condición de extraño a ser considerado propio?
Cuando visitas una agencia de automóviles y compras el carro de tus sueños o aquel que te alcanza con el dinero disponible, sales de allí con tu vehículo nuevo. En ese momento, podemos decir que ese carro es tuyo, es propio, ¿verdad?.
Pero, ¿qué ocurre cuando tienes que surtir gasolina por primera vez?. No sabes de qué lado está el surtidor, ¿se abre con llave, con un botón o es una palanca?, ¿dónde estará que no lo encuentro?. Lo mismo sucede cuando por primera vez vamos a medir el aceite o cambiar un neumático, entre otras cosas.
En definitiva, el carro está a tu nombre, eres el dueño, pero siguen siendo extraños el uno para el otro.
El reino en la tierra al que Cristo nos dio nuevamente acceso por voluntad del Padre es propio para algunos y extraño para otros. Muchos aceptan al Señor como su salvador de la muerte eterna, pero siguen viviendo como extraños a Él. Incluso buena parte de lo que llamamos iglesia participa con avidez en las actividades de la congregación, pero sus vidas no manifiestan los cambios estructurales de una renovación. Es como si fueran personas que compraron un carro nuevo, pero por no conocer el manual de instrucciones terminan haciendo mal uso de el.
¿Por qué ocurre esto? Cuando visitamos una casa “extraña” como invitados, no podemos simplemente entrar en la cocina y abrir la nevera para saciar la sed o el hambre, ni ir al baño o sentarnos sin contar con la anuencia del dueño de la casa, de aquel que “vive, habita” en ella. El extraño tiene un tiempo estipulado para estar en la casa, y cuando ese tiempo se acaba, la visita debe irse. Si se pasa del tiempo, empieza a ser incómodo para quienes viven en la casa.
Esta Tierra es Casa de Dios, donde Él posa sus pies para descansar (Isaías 66:1). En esta Tierra están aquellos que son de la casa y aquellos que no lo son. La tragedia del hombre en este tiempo es querer estar en la Casa de Dios como visitante, pretendiendo comer y beber de Él, pero sin someterse a Su señorío, comportándose como un extraño abusivo que actúa según su conveniencia.
¿Qué distingue al propio del extraño?, ¿qué lleva a una persona de la condición de extraño a la de propio?.
Finalmente, pude entender que la muerte de Cristo me otorgó el derecho legal para vivir en la Casa de Dios por fe, y que depende de mí ajustarme a la justicia del dueño de la casa por amor a Él. Ese ajustarme es la clave; la convivencia total (pasar tiempo con Papá ) es lo que me permite dejar de ser un extraño para convertirme en uno de los propios.
El propio se adapta a las necesidades del hogar y participa según su posición en la familia, contribuyendo a mantener el orden en todas las cosas.
Si hasta ahora no has podido participar en la Casa de Dios como uno de los propios, entonces debes preguntarte si realmente eres parte de la familia o no. Es muy diferente escuchar decir que Dios satisface las necesidades de Sus hijos a dar y ser testimonio de esa verdad.
Despierta y honra el ministerio de la reconciliación que nos ha sido entregado.