Una estirpe como ninguna…

“para que en todo tenga la preeminencia..."

    Una de las cosas que los autores bíblicos más se cuidan en señalar en las escrituras es el linaje de alguien importante, es prácticamente una norma y firma escritural. Y mientras el personaje bíblico sea de mayor peso en la línea del tiempo, más prudente es mencionar su ascendencia.

    Cuando se menciona que no se tiene registro de la descendencia de la figura de Melquisedec, siendo éste tan grande que hasta el mismo patriarca del la nación de Israel le entregó los diezmos del botín, se puede ver como una violación de fondo al presentar a alguien tan importante.

    Estamos en presencia de un hombre que no sólo es rey, también es sacerdote del llamado Dios Altísimo. Esta aparente violación es más grande que si se hubiera dejado de mencionar la ascendencia de Abraham, pero esto tiene su propósito.

    Melquisedec encajaría perfectamente en ese linaje de reyes y sacerdotes, esa nación santa que habla la escritura.

    Ser el precursor de un movimiento es ser el primero, su fundador. Cuando la escritura dice que el Mesías se sentará en el trono de David se puede interpreta que David es más grande que el Mesías por ser primero que éste. Pero esto no se sostiene cuando vemos a través del mismo viejo pacto señales que hablan que ese Mesías siempre fué el Hijo que es el primogénito en todas las cosas.

    Estas son frases textuales de la Reina y Valera de 1960: “el primogénito entre muchos hermanos”, “el primogénito de toda creación”, “el primogénito de entre los muertos”, “para que en todo tenga la preeminencia”.

    La primogenitura de Hijo es el eje transversal de cimiento bíblico. La orden de Melquisedec tiene un precursor, un primero y único fundador.

    Dice Heb. 6:20: “donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”.

    Amados hermanos en Cristo, la preeminencia de Jesucristo es indiscutible, la orden de reyes y sacerdotes, esa nación santa tiene un primogénito y sus nombre es Admirable.

    El precursor de la orden de Melquisedec es el mismo Jesús, dice la escritura en Heb. 7:3 “sino hecho semejante al Hijo de Dios”, no es mera casualidad.

    El propósito de esta reflexión no es traer polémica sobre la figura de éste Melquisedec Rey de Salem, sino entender la profundidad del mensaje divino, preñándonos de nuestra correcta imagen.

    No somos solo reyes, tampoco somos solo sacerdotes, somos reyes y sacerdotes. Al estar en Cristo estas dos condiciones se funden y se tornan una en nuestra identidad. Nuestro Señor y Rey en su condición de sumo sacerdote, bajo la orden en la cuál Él es el primero, roció su propia sangre en el verdadero santuario que no fue hecho con mano de hombre.

    Abraham al darle los diezmos del botín a este Melquisedec se los estaba dando al mismísimo Jesucristo como Hijo del Dios altísimo. Este es un hecho clave en nuestra relación con Cristo a través del patriarca Abraham.

    La estatura a la que fuimos colocados en Cristo no es cualquier cosa, no es algo que debemos pasar por alto y mucho menos despreciarlo.

   Caminemos, hablemos, hagamos y vivamos como lo que somos; reyes y sacerdotes del Dios Altísimo.

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