En los albores de la creación, cuando los cielos y la tierra aún se entrelazaban en un abrazo universal, Dios esculpió al hombre con sus propias manos. El hombre emergió no como un niño frágil, sino como un ser adulto, con todas las capacidades físicas, mentales y espirituales necesarias para cumplir la voluntad divina.
El Hombre en su Plenitud
En el Génesis, no encontramos un Adán en pañales, gateando por el Edén. No. Dios lo formó como un guerrero, con músculos tensos y ojos que miraban más allá de las estrellas. Le confirió la autoridad para dominar la tierra, labrarla y cuidarla como un jardinero celoso. Pero había una advertencia: no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. El hombre no era un niño inocente, sino un ser consciente de sus elecciones, esto lo demuestra la evidencia de sus actos al esconderse; que la escritura diga que los ojos de ellos fueron abiertos no implica previa inocencia, pero si temor a una nueva naturaleza desconocida de desorden (pecado). No debemos confundir ignorancia con inocencia. Adán si desconocía el pecado que engendraría la muerte .
El Edén no era un paraíso infantil, sino un campo de batalla espiritual. Dios no quería autómatas obedientes, sino compañeros que eligieran la obediencia. El hombre, en su plenitud, tenía la capacidad de discernir, de elegir, de amar y de rebelarse.
El Hombre y su Propio Génesis
Pero el hombre, en su orgullo, anhelaba su propio Génesis. Quería ser su creador, moldear su destino sin la guía divina. Así, se creó a sí mismo, no desde el polvo, sino desde la arrogancia. Negó la imagen de Dios y forjó su propia imagen torcida desde el espejo de la serpiente que le habló.
El hombre, en su rebelión, desafió el orden divino. Creó ideologías que negaban la existencia de Dios, que intentan oscurecer la luz de la verdad. Se convirtió en su propio dios, y en su ceguera, no pudo ver que estaba construyendo su propia prisión. La serpiente susurró en su oído, y él escuchó. La espada de Damocles pendía sobre su cabeza, lista para caer.
La Caída y la Espada de Damocles
La cruzada contraria a Dios no es solo una lucha externa, sino una guerra interna. El hombre, en su búsqueda de autonomía, se ha convertido en su propio verdugo. La espada de Damocles, afilada por sus propias decisiones, amenaza con caerle encima. No sobre un trono celestial, sino sobre el trono que él mismo ha edificado.
Hoy, en un mundo donde la ciencia y la tecnología se alzan como ídolos, el hombre sigue buscando fabricar su propio Génesis. Pero la verdadera revelación está en volver a la fuente, a la historia original. En el segundo Génesis, el hombre puede encontrar su redención visceral, dónde intenta sin éxito apagar el fuego de su culpa.
En este segundo y usurpador Edén, la espada de Damocles se convierte en el verdugo que hará disminuir las poblaciones de las naciones que le dieron la espalda a Dios. Estos eventos en pleno desarrollo no se ve a simple vista, pero ya están corriendo.
Así como Dios sacó y exterminó a las siete naciones más grandes y fuertes que Israel para darles a sus escogidos la tierra prometida, así mismo nuestro campeón saldrá a ejecutar la ruina del hombre y su idolatrado mundo, para darnos la herencia del Reino a la nueva Israel de Dios, la Iglesia , la esposa; y no en un tiempo futuro. No. Sino en este tiempo presente, pero solo a aquellos justicieros que arrebatan con violencia, aquellos con el espíritu de Caleb son los que han poseído, poseen y poseerán el Reino.
Aquellos hombres que con fe, abracen los ideales de la justicia, llevarán el nombre de justicieros de luz , ya no vendrán con manipulaciones egocéntricas, no vendrán como niños fingiendo inocencia, sino como un hijo pródigo arrepentido y buscando reconciliación que regresa al abrazo del Padre. El único y verdadero Génesis aguarda escrito en la mente y el corazón del hombre, esperando ser revelado por el Espíritu de Dios, hombres que honran el nuevo y más excelente pacto que abarca desde la promesa de la simiente en génesis capítulo tres, hasta el fin de los días del hombre.