El Faro

¡Limpien el lente!. Sacrificio sacerdotal. Serie: Aprendiendo la obediencia.

     Un hombre tenía un gran faro en la cima de una colina, visible desde lejos. Este faro era conocido por guiar a los barcos a salvo a puerto durante las noches oscuras y tormentosas. Sin embargo, un día, el faro dejó de funcionar. Los barcos comenzaron a perderse en el mar, y algunos incluso naufragaron.

El hombre, preocupado por la situación, llamó a sus tres hijos y les dijo: Hijos míos, el faro ha dejado de funcionar y los barcos están en peligro. Necesitamos descubrir qué ha sucedido y repararlo.

El hijo mayor, que era ingeniero, inspeccionó el faro y dijo: Padre, la estructura del faro está intacta. Las lentes y los espejos están todos en su lugar. No hay ningún daño visible.

El hijo mediano, que era electricista, revisó el sistema eléctrico y dijo: Padre, los cables y los circuitos están en buen estado. La corriente fluye correctamente.

El hijo menor, que era aprendiz, observó el faro y dijo: Padre, aunque todo parece estar en orden, la luz no brilla. Sin la luz, el faro no puede cumplir su propósito.

El padre, sabio y lleno de discernimiento, respondió: “Hijos míos, habéis hecho bien en inspeccionar el faro. Pero recordad, tener un faro sin luz es como tener ojos que no ven. La luz es lo que da vida y propósito al faro, así como Cristo es la luz que da vida y propósito a nuestras vidas.

Considerad esto dijo el Padre: tener ojos no significa que podamos ver, sino que estamos capacitados para ver. Solamente a través de la luz es que nuestros ojos pueden captar las imágenes. Es más, la existencia de los ojos no se podría demostrar sin la luz que los activa. De igual forma ocurre en la vida de las personas. Somos complejos ojos, con una funcionalidad tremenda, pero sin la presencia de la luz no sirven para nada, y esa luz es Cristo. Lo que está ocurriendo es que el faro tiene suciedad en el lente y no permite que pase la luz. ¡Limpien el lente!.

Porque “en Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella” (Juan 1:4-5).

El hijo mayor, reflexionando sobre las palabras de su padre, comprendió que no basta con tener una estructura perfecta si falta la esencia que le da vida. Padre, dijo, debemos asegurarnos de que la luz de Cristo brille en nuestras vidas, para que podamos ver claramente y guiar a otros.

El hijo mediano añadió: Así como el faro necesita la luz para cumplir su propósito, nuestras vidas necesitan la luz de Cristo para tener dirección y significado. Sin Él, estamos en oscuridad, aunque tengamos todas las capacidades.

El hijo menor, con humildad, dijo: Padre, ¿cómo podemos asegurarnos de que la luz de Cristo brille en nuestras vidas y en el faro?.

El padre respondió: Hijos míos, debemos buscar a Cristo con todo nuestro corazón y permitir que Su luz ilumine cada rincón de nuestras vidas. Debemos remover cualquier obstáculo que impida que Su luz brille plenamente. Porque “la lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará en oscuridad. Así que, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡cuán grande será esa oscuridad!” (Mateo 6:22-23).

Debemos también recordar que “si decimos que tenemos comunión con Él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:6-7).

Porque “vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16).

De esta manera, comprendieron que tener ojos no significa que podamos ver, sino que estamos capacitados para ver. Solamente a través de la luz es que nuestros ojos pueden ver. Y esa luz es Cristo, quien ilumina nuestras vidas y nos permite ver claramente, guiándonos en el camino de la verdad y la vida eterna.

Amados hermanos, nosotros podemos oír la voz del Padre, pero eso no basta, hay que llegar a ver esa voz

“De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5).

“Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro” (Ap 1:12).

No basta con oírlo, tenemos que hacer sacrificio sacerdotal hasta verlo.

“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” (Jn 1:18)

Podemos oír al Padre, pero sólo en Cristo lo podremos llegar a ver.

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