La Escritura nos enseña que los hombres dentro del propósito divino son árboles de justicia, plantados en la tierra para echar raíces profundas. Este concepto es fundamental, ya que nos revela nuestro ámbito de desarrollo. Fuimos creados para vivir en la tierra, no en un éter o en una nube, y mucho menos en una dimensión espiritual, aunque tenemos acceso a ese ámbito por medio del espíritu que Dios nos dio. Isaías 61:3 dice: “a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya.”
Un árbol de justicia fue diseñado para echar y profundizar sus raíces en la tierra, a fin de sacar todo el provecho de ella. Los vientos y las nubes traen consigo más nutrientes y agua viva que cae en la tierra para renovarla. De igual forma, el papel del sol en los árboles inicia los intercambios químicos que terminan modificando el ambiente para bien. Jeremías 17:7-8 nos dice: “Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.”
Cada detalle anteriormente dicho nos revela más información sobre el propósito divino que Dios asignó al hombre. Como podemos ver, el árbol es un agente de bendición para la tierra, ya que protege el suelo y sustenta la vida de un sin número de criaturas. En el Salmo 1:3, se describe al hombre justo como “será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”
La imagen del árbol de justicia nos muestra que nuestra vida en la tierra tiene un propósito divino. Estamos aquí para crecer, echar raíces profundas y ser una bendición para nuestro entorno. Así como los árboles absorben nutrientes del suelo y los transforman en vida, nosotros también debemos absorber la Palabra de Dios y permitir que transforme nuestras vidas y las de quienes nos rodean. En Colosenses 2:6-7, Pablo nos exhorta: “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.”
Además, los árboles de justicia no solo benefician a la tierra, sino que también proporcionan refugio y sustento a muchas criaturas. De la misma manera, nosotros estamos llamados a ser refugio y sustento para aquellos que nos rodean. En Proverbios 11:30, se nos dice: “El fruto del justo es árbol de vida; y el que gana almas es sabio.”
Nuestros frutos deben ser frutos de excelencia, el fruto del manzano son las manzanas, el fruto del naranjo son las naranjas, y si nuestro llamado divino es ser árboles de justicia, ¿Cuál crees que debe ser nuestro fruto?. La justicia. Fuimos creados para la gloria de Dios dando frutos de justicia por toda la tierra, y frutos con semilla que contienen la promesa de nuestra continuidad en el concierto divino de la creación.
La imagen del árbol de justicia también nos recuerda la importancia de la perseverancia y la resiliencia. Los árboles enfrentan tormentas, sequías y otros desafíos, pero sus raíces profundas les permiten mantenerse firmes y seguir creciendo. De igual manera, nosotros debemos mantenernos firmes en nuestra fe y confiar en que Dios nos sustentará en medio de las pruebas. En Santiago 1:12, leemos: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.”
Como árboles de justicia se nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con Dios y con la creación. Así como los árboles dependen del sol, el agua y los nutrientes del suelo para crecer, nosotros dependemos de Dios para nuestra vida espiritual y de todo lo que nos provee la tierra para nuestra vida material. En Juan 15:5, Jesús nos dice: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.”
La imagen del árbol de justicia plantado en la tierra nos enseña sobre nuestro propósito divino, nuestra necesidad de echar raíces profundas en la Palabra de Dios y en la tierra, así como ser una bendición para nuestro entorno. Debemos vivir con la certeza que estamos alineados con este llamado, confiando en que Dios nos sustentará y nos permitirá dar fruto en su tiempo.
La imagen del árbol de justicia también nos invita a considerar cómo nuestras acciones y decisiones impactan nuestro entorno. Así como un árbol puede mejorar la calidad del aire, proporcionar sombra y refugio, y prevenir la erosión del suelo, nuestras vidas deben reflejar la justicia y la bondad de Dios, impactando positivamente a quienes nos rodean. En Mateo 5:16, Jesús nos exhorta: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”
Además, los árboles de justicia simbolizan la estabilidad y la constancia en la fe. Un árbol bien arraigado no es fácilmente movido por los vientos de la adversidad. De la misma manera, debemos estar firmes en nuestra fe, confiando en que Dios es nuestra fortaleza y refugio. En Salmo 1:1-3, se nos describe al hombre justo como aquel que “no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”
La imagen del árbol de justicia también nos recuerda la importancia de la comunidad y la interdependencia. Los árboles en un bosque no crecen aislados; sus raíces a menudo se entrelazan, compartiendo nutrientes y apoyo. De igual manera, nosotros estamos llamados a vivir en comunidad, apoyándonos mutuamente y edificándonos en amor. Cada tipo de árbol da fruto en su tiempo a fin de tener alimento durante todo el año. En Hebreos 10:24-25, se nos anima: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”
Además, los árboles de justicia nos enseñan sobre la importancia de la paciencia y el tiempo en el crecimiento espiritual. Un árbol no crece de la noche a la mañana; requiere tiempo, cuidado y condiciones adecuadas para desarrollarse plenamente. De igual manera, nuestro crecimiento espiritual es un proceso continuo que requiere paciencia, perseverancia y la guía del Espíritu Santo. En Gálatas 6:9, Pablo nos exhorta: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.”
La imagen del árbol de justicia nos invita a reflexionar sobre nuestra misión en la tierra. Así como los árboles producen frutos que benefician a otros, nosotros estamos llamados a producir frutos espirituales y mate que glorifiquen a Dios y bendigan a nuestro prójimo. En Juan 15:8, Jesús nos dice: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.”
En conclusión, la imagen del árbol de justicia plantado en la tierra nos ofrece una rica enseñanza sobre nuestro propósito divino, nuestra necesidad de echar raíces profundas en la Palabra de Dios y en la tierra, y nuestra responsabilidad de ser una bendición para nuestro entorno. Que podamos vivir de acuerdo con este llamado, confiando en que Dios nos sustentará y nos permitirá dar fruto en su tiempo. Que nuestras vidas reflejen la justicia y la bondad de Dios, impactando positivamente a quienes nos rodean y glorificando a nuestro Padre celestial.