Una de las razones por la cuales la Iglesia Cristiana está como está es por la cultura de no cuestionar lo que dice la autoridad. Ésta corriente la hemos heredado desde los mismos orígenes de la iglesia católica.
La escritura nos señala en 1Ts 5:20-21: “No menospreciéis las profecías. 21 Examinadlo todo; retened lo bueno”.
También dice en Jer 17:5: “Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová”.
Seguramente me haré poco popular entre los ministros de hoy, pero la práctica de decir amén a todo lo que me dice una autoridad es un error fatal y va en contra de las sabias instrucciones de la palabra de Dios.
Esa práctica a llevado a la iglesia a cometer desviaciones y atropellos de generación en generación. Lamentablemente, ha terminado haciendo tanto daño que ha castrado miles y miles de vidas ministeriales.
La autoridad máxima es Dios mismo y su palabra. Todo lo que profese el hombre, sea quien sea debe ser pasado por el cedazo de las escrituras. Dios mismo fue cuestionado por Abraham (Gn 18) y Moisés (Ex 32) debido a las instrucciones que recibieron directamente de Él . Cuestionar lo que alguien profesa no es necesariamente señal de desacuerdo, debe verse como una oportunidad para que la luz de la verdad se imponga y halla bonanza.
Lamentablemente no gusta que nos cuestionen, somos humanos con áreas que deben ser trabajadas en nuestro ser hasta que sea formado el carácter de Cristo.
El mismo Jesucristo nos enseñó a cuestionar, enfrentó muchas veces a los maestros y autoridades de la ley de su época.
No cuestionar conlleva a: endiosar la autoridad, continuidad del error, desvío de la justicia, castración espiritual, dilatar los egos, y más…
Cuestionar la autoridad no significa rebeldía, deslealtad, ni deshonra, un ministro debe enseñar a sus discípulos a cuestionar todo aquello que les haga ruido según el conocimiento vivencial y escritural que manejen. Toda disyuntiva será aclarada a la luz de la palabra y en presencia del Espíritu Santo.
¿A quién estás obedeciendo, a Dios o al hombre?. Es evidente que Jehová se agrada y se glorifica en la obediencia del hombre. Lamentablemente mezclamos la obediencia a Dios con la obediencia al hombre y viceversa.
Todos los ministros deben tener su tutor, ayo, mentor, guía o simplemente como yo lo llamo, su pastor. Josué tuvo a Moisés, Samuel tuvo a Elí, Eliseo tuvo a Elías, Pablo tuvo a Ananías, y así muchos otros más. Un pastor debe tener su pastor, un apóstol debe tener su pastor, un profeta debe tener su pastor, y así los demás ministerios. Es decir, cada ciudadano del Reino debe tener un guía del cual apoyarse. Si quieres llamarlo “cobertura” por mí está bien, pero que esa cobertura no debe ser motivo de control o dominio del hombre sobre el hombre, eso es antidiseño y no debe ser justificado con “buenas intenciones”.
Debemos aprender de alguien que sea un ejemplo a seguir, el máximo modelo es Cristo y luego vienen los prójimos de intachable conducta y buen testimonio, pero nunca olvidemos que son hombres y pueden equivocarse, arrastrándonos con ellos en el error.
Cuestionar es sano si se hace con el espíritu correcto y siempre con el norte buscado la Justicia. Debemos hacer un registro de las lecciones aprendidas, mediante lo aciertos y desaciertos que hallamos tenido en muestra vida ministerial y en la vida de otros ministros de Dios.