Árboles para el nuevo cielo y la nueva tierra

Los nuevos cielos y la nueva tierra no son una esperanza futura. Son la realidad presente que nos llama a la restitución.

“Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento”. Isaías 65:17

En el corazón de la profecía bíblica, encontramos una visión de renovación y restauración. Los nuevos cielos y la nueva tierra son un tema recurrente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Permíteme profundizar en este asombroso concepto.

El profeta Daniel, en su capítulo nueve, habla de una justicia perdurable. Esta justicia no es efímera ni temporal; es eterna. Los nuevos cielos y la nueva tierra representan la culminación de esta justicia. En ellos, todo lo quebrantado será restaurado, y la luz prevalecerá. Es un lugar donde la rectitud y la paz se entrelazan en armonía divina, pero es necesario pagar un precio, rendir la voluntad a Cristo , entregándose en total dependencia de Él.

Los árboles son seres vivientes, desempeñan un papel crucial en la creación. No solo proporcionan sombra y belleza, sino que también modifican el aire. Mediante la fotosíntesis, transforman el dióxido de carbono (CO2) en oxígeno vital. Además, sus raíces protegen el suelo de la erosión y permiten que crezca una capa vegetal que sostiene innumerables formas de vida. En los nuevos cielos y la nueva tierra, los árboles seguirán cumpliendo su propósito divino.

Como creyentes, somos llamados a ser árboles de justicia. Somos el plantío de Jehová, destinados a renovar los nuevos cielos y la nueva tierra en el nuevo pacto. Nuestra vida debe afectar el lugar donde estamos para la gloria de Dios. Al vivir en justicia y amor, traemos el Reino de los cielos y establecemos el dominio de Cristo en nuestra esfera de influencia.

La justicia que Dios preparó de antemano para nosotros no es pasiva. Somos llamados a ser hacedores de justicia como colaboradores del Espíritu Santo. En los nuevos cielos y la nueva tierra, somos parte activa de la restauración, eliminando el dolor y la tristeza. Como cuerpo de Cristo, nuestra misión es manifestar la justicia perdurable en todo lo que hacemos.

Los nuevos cielos y la nueva tierra no son un destino futuro, sino una realidad que impacta nuestra vida presente. Como árboles de justicia, participamos en la transformación divina y anticipamos la plenitud de la promesa de Dios.

¿Por qué Dios crea un nuevo orden celestial y terrenal?. ¿Qué significado tiene para nosotros como creyentes?

Los nuevos cielos y la nueva tierra representan la culminación de la redención. Desde la caída en el Edén, la creación ha estado gimiendo, esperando su liberación final. En este verdadero y genuino nuevo orden, no en la copia maliciosa de las élites del mundo, la maldición se desvanecerá, y la creación será restaurada según el plan original de Dios.

En los nuevos cielos y la nueva tierra, estamos llamados a vivir en comunión perfecta con Dios y entre nosotros. La separación causada por el pecado fue destronada, y reemplazada por la unidad y el amor. Imagina una sociedad donde la justicia y la misericordia se entrelazan, y donde todos los corazones están sintonizados con el corazón de Dios.

Isaías y Apocalipsis nos ofrecen visiones complementarias. Isaías habla de la justicia perdurable, mientras que Apocalipsis revela la ciudad santa, la Nueva Jerusalén. En ella, no hay templo, porque Dios mismo es su templo. Las puertas nunca se cierran, y la luz divina ilumina todo. Las escrituras están hablando de nosotros, los nuevos templos de Dios, somos la nueva Jerusalén. Es el cumplimiento de las promesas hechas a Abraham, David y todos los fieles a lo largo de la historia.

Como árboles de justicia, debemos vivir restituyendo este mundo para la gloria de Dios. Cada acto de amor, cada palabra de verdad, cada gesto de compasión contribuye a la construcción de los nuevos cielos y la nueva tierra. Somos colaboradores con Dios en su obra de restauración.

En conclusión, los nuevos cielos y la nueva tierra no son una esperanza lejana, sino una realidad que afecta nuestra vida presente. Sigamos viviendo en justicia, amando a nuestro prójimo y extendiendo la gracia de Dios.

 

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