Ser desterrado implica que una persona es forzada a abandonar su hogar, ciudad o nación, generalmente como consecuencia de una pena impuesta por una autoridad.
Esto fue lo que vivió Adán y Eva al ser desterrados del Reino que Dios les entregó. Oíste bien, desde el principio de la historia del hombre el Reino siempre ha estado.
El primer hombre y la primera mujer, junto a sus descendientes estaban en una condición dramática, habían sido echados fuera del hogar donde fueron colocados, y ahora les tocaba ser moradores errantes de un mundo lleno de aflicciones que esperaba por ellos.
Desde que Cristo entró al mundo todo cambió. La oportunidad de redención para volver al estado de gloria del huerto del Edén, volvió a estar al alcance de los hombres.
Quiero que pongas mucha atención a este versículo de Efesios 2:19:
“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”.
Estas palabras describen brevemente el propósito divino de Dios con los hombres. Una gran familia, de reyes y sacerdotes, coherederos con Cristo.
Óigase bien, si no aprendes a reinar en tu condición actual, entonces jamás, pero jamás, se te revelará el Reino de los Cielos.
Al ver el mundo, y bajo está fresca comprensión, debemos ver con compasión a las personas que aún siguen persiguiendo sus reinos temporales de mentira.
Amados, no hay nada en este mundo que se compare con nuestra herencia adquirida y conquistada en la Cruz del calvario.
El Reino es una realidad presente, reservada por fe a aquellos que no se dejan llevar por doctrinas de hombres, y que ven en la iglesia, no un redil de ovejas, si no, a reyes y sacerdotes en plena operación de conquista, extendiendo el Reino para Cristo y su Padre.
Como herederos justificados ante Dios por Cristo, debemos cumplir con los deberes de la ciudadanía que nos fue otorgada, y hacer valer en consecuencia, los derechos que ésta trae consigo.
Mientras no aprendamos a interpretar las escrituras por el Espíritu que mora en nosotros, no vamos a poder hacer la tremenda influencia a la que hemos sido llamados, pues cosas más grandes que Cristo debemos hacer.
Fuiste llamado a poseer las riquezas de las naciones de la tierra, fuiste llamado a sojuzgar a esas naciones, fuiste llamado a ser servidor de tu prójimo, pero sobre todo, fuiste llamado a poner a Dios de primero en tu corazón.
No te quedes esperando el tiempo perfecto de Dios, ese tiempo se cumplió hace más de 2000 años, hoy es tu tiempo, hoy son los días de tu vida sobre ésta tierra. Vive estos días como rey y sacerdote, y no te volverán a contar, serás tú el protagonista en Cristo, y contarás las crónicas de la gloria de Dios en tu vida, por caminar con justicia en nuestro Reino presente, amén.