¡Trasciende!

"Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es"

En la iglesia del siglo XX y aún en el XXI, se discute entre sus distintas denominaciones y grupos la relevancia de los profetas, la ley y la gracia, a fin de establecer en algunos casos su relevancia o preeminencia y en otros casos hasta su vigencia.

La escritura en el nuevo pacto habla claramente cuando dice: “el fin de la ley es Cristo” (Ro 10:4). Es decir, el propósito de la ley fue acompañar al hombre y servirle de guía, hasta que llegara el autor de la vida.

Todo lo que es de Dios tiene sus virtudes, todo lo que es de Dios comparte sus atributos. Dios es eterno, en consecuencia todo lo que es de Él tiene carácter de eternidad, así que su palabra es eterna y no tiene vencimiento. La ley y lo dicho por los profetas forma parte de su palabra, así que no vence.

Entonces, ¿está la ley y los profetas vigentes?, ¿está Cristo vigente?. Por mucho que la ley de Dios sea perfecta, tiene una contraparte débil; si la contraparte de Adán fue Eva, entonces la contraparte de la ley es la carne, está condición hace imposible que podamos en carne cumplir la ley (Ro 8:3) y en consecuencia siempre estaríamos bajo su maldición.

Entonces, ¿dónde está la clave que nos libera de esta maldición?, la respuesta la encontramos en Juan 3:6. Esta es la condición para trascender a la estatura del varón perfecto.

Jn 3:6: “6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.”

La ley que nos condena solo tiene efecto en la carne, y una vez muerta la carne está ley pierde su ámbito de operación. Mientras no nazcamos del Espíritu, estaremos atados a esa ley, aún así, al nacer del Espíritu, entonces entraremos a operar en la ley de Cristo, que es la ley del Espíritu de Vida.

La ley del Espíritu de Vida tiene como contraparte nuestro espíritu vivificado en Cristo Jesús en lo cual ya no hay más condenación (Ro 8:1).

Y es aquí que llegamos a Mateo, Marcos y Lucas, cuando reseñan el momento de la transfiguración de Jesús. La obra de arte fue perfecta, de un lado están tres hombres impactados por la visión que está ocurriendo ante ellos. Y por otro lado tenemos la figura de Elías cómo portavoz de la Profecía, a Moisés cómo portavoz de la Ley y Cristo, cómo portador de la Gracia, esa gracia que siempre fue, es y será.

La guinda del pastel la pone el Padre cuando dice desde lo eterno: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd«. Estaban la Ley, los Profetas y la personificación de la Gracia. Y el Dios de los cielos dictó la instrucción que une todas las cosas, “A EL OID”. Ya no se trata de profecía, ni ley, se trata de Cristo.

Nuestro reto, nuestro propósito, nuestro fin, no es sólo ser salvos, nuestro objetivo es trascender a Cristo naciendo del Espíritu. Y luego de esto, las puertas del Reino de los Cielos, con todas las bendiciones espirituales y todas las riquezas en gloria, estarán a nuestra disposición, porque Él lo ha prometido.

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